Frente Amplio: Matar al padre

Antonio Correa, 1/12/2017

La mayor fortaleza del Frente Amplio es comprender, cabalmente, que la política es quizás la más paradójica de las actividades humanas. Aspirar a una sociedad justa requiere conciencia de que aun un buen resultado electoral no garantiza que todos vean las injusticias que pretendemos remediar. Dosificar el discurso y actuar con estrategia es imprescindible para no arriesgar todo lo ganado al transmitir señales equívocas a esos que no están preparados. Hay que soñar para convocar voluntades, pero ceder muy seguido para mantenerse vivo. ¿Cómo hacer ambas al mismo tiempo?

Marco Enríquez-Ominami cometió –y pagó– el error de no transar después de la elección del 2009. Hoy, los dirigentes del FA lo señalan como un acto de soberbia que no pretenden cometer, aunque no sólo comparten algunas ideas con ese MEO 1.0, sino que también –tras 8 años– tienen el mismo objetivo político: desplazar a la Concertación, esa de los acuerdos, por lo que han llamado una verdadera izquierda. Se hace preciso pues, matar al padre. ¿Cómo apoyar en segunda vuelta a quien se declara públicamente como el enemigo y no renunciar al sueño? ¿Cómo transar sin salir trasquilado?

El silencio es imposible (Marco lo probó) y eso lleva a los jóvenes campeones de la transparencia y la pureza a usar las fórmulas opacas de la vieja política. En definitiva, simple estrategia. Ayer fue la “colaboración crítica”; hoy, un grito de guerra declarando futura oposición, pero acompañado del susurro de una posible colaboración. Sin olvidar el objetivo y sin mucha elegancia, se tiró la pelota al córner para esperar salir jugando.

Al Frente Amplio sólo se les pide ejercer liderazgo, mas ven que es imposible hacerlo sin sumarse a Guillier y renunciar a su sueño de una nueva izquierda. Para evitar muestras directas acusan que, si bien fue posible endosar votos bajo la política del siglo XX, hoy la representación se ejerce de otras maneras. Así, le devuelven la pelota al candidato: es él quien debe convocar los votos. Ellos que emplazaban y movían voluntades se transformaron en meros representantes; obreros que construían una nueva sociedad –de derechos sociales–, devinieron en simples martillos de las masas: nada pueden decir, están (convenientemente) atrapados.

La posición del FA es perfecta: de salir electo Guillier, celebrarán que su fórmula fue exitosa (es la que requieren los nuevos tiempos), para luego con 21 parlamentarios hacerle la vida imposible; y si gana Piñera, declararán que la vieja izquierda, por no hacerles caso, ha muerto de inanición al ser incapaz de leer la política del siglo XXI.

Lo curioso es que la Nueva Mayoría no acuse el golpe. Sin voluntad de vivir, no logra ver cómo interpelar el liderazgo del Frente Amplio y se arrodilla en su presencia. Es como si nada hubiera pasado desde el 2013 en que Bachelet 2.0 se dejó llevar por esta nueva izquierda: ni la figura de la colaboración crítica, ni el Ministerio de Educación abandonado por Revolución Democrática, ni Josefa Errázuriz desvalida y sola luego de la derrota, ni la lucha sin cuartel contra la política –en la medida de lo posible– de la transición. Si la “vieja” izquierda no despierta, concurrirá como uno más a esta crónica de un parricidio anunciado.

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