Infierno pos electoral

Antonio Correa, 15/12/2017

Las advertencias apocalípticas (de izquierda y derecha) sobre el futuro gobierno, podrían movernos al efecto contrario, es decir, a menospreciar la importancia de la presente elección. Para algunos no habrían diferencias sustantivas entre ambos candidatos y, por lo tanto, hay poco en juego. Y si bien puede no ser determinante (mucha agua debe correr aún) el resultado podría constituir un hito importante a pesar de lo poco jugoso para los fatalistas. Ya es un cliché afirmar que ha terminado la transición como periodo político y que nos enfrentamos a un nuevo ciclo, pero la verdad es, más bien, que aún estamos en un proceso de cambio, en ese punto intermedio entre lo viejo y lo nuevo. Y, en ese sentido, quien triunfe en la elección dispondrá de la mejor de las herramientas para conducir y –de paso– configurar una nueva etapa: el ejercicio del gobierno.

No es fácil tener éxito y cada uno tendrá sus propios desafíos, pero el más importante será poseer conciencia real de la oportunidad que se le presenta y la responsabilidad histórica que involucra.

Guillier, de ganar, tendrá un problema importante porque la izquierda, en sentido amplio, posee diagnósticos muy distintos tanto sobre el periodo que dejamos atrás como del momento actual, y la lectura del mundo que nos rodea es la base de cualquier acción política (común). El Frente Amplio es consciente de que para un nuevo ciclo se debe refundar y, por lo mismo, ya ha anunciado su oposición al ver que Guillier no es capaz de vislumbrar la profundidad del momento. La vieja concertación –esa que hoy representa Guillier y que fue el gobierno de Bachelet– quedó a medio camino del Frente Amplio y está perpleja porque, aunque cree tener muy claro qué hay que hacer en el corto plazo, falla en lo más importante: fijar el horizonte, el largo plazo. Por eso va y viene, avanza pero no tanto.

En definitiva, da palos de ciego porque cree que la clave es el movimiento, sin reparar el sentido del mismo. Esa ambigüedad en cuanto sector político, proveniente en parte de la falta de renovación de cuadros políticos (la presidenta nos recordó a dónde se fueron los hijos de la concertación), sumada a la impericia, indefinición y hasta liviandad del candidato, hacen probable que, de triunfar, el senador desperdicie su oportunidad y sólo constituya el puente temporal que necesita el FA –en realidad RD y Boric– para encontrar su hora.

Piñera, por su parte, también tendrá un desafío importante, ya que la derecha a veces tiende a parcelar en clave monetaria la vida social en busca del crecimiento, renunciando a una lectura política que le permita comprender nuestro momento social y así conducirlo. En otras palabras, administra y no gobierna. Sin duda lo hace muy bien, pero lo que está en juego es la configuración del escenario político, no la estructura organizacional.

Aunque parte de la derecha –y quizás también su candidato– parece tener claro que hay actitudes que modificar respecto del primer gobierno, debe partir con tres cosas: desterrar la lista de supermercado, impulsar un recambio generacional en su sector y, sobre todo, debe fijar un horizonte social al cual aspiramos como sociedad. Hasta ahora su apuesta ha sido la promesa de convertir a Chile en un país desarrollado. La dificultad radica en que la idea de desarrollo sin más, es un concepto vacío que no transmite nada y refuerza la caricatura de la izquierda: a la derecha solo le importa el dinero, nada más. Además, ¿qué diferenciación le otorga si la izquierda también aspira al desarrollo? ¿cómo será ese desarrollo? Si la derecha insiste en el simple ejercicio de la libertad en sociedades complejas como las nuestras, en que muchas vidas y sus éxitos están lejos de depender exclusivamente del mérito, terminará encerrada en sí misma, no podrá crece hacia el centro y asegurará una nueva derrota en el 2021.

Aunque no estemos antes las puertas del infierno, estas elecciones podrían abrir un nuevo periodo. Mucho de ello depende de la habilidad del futuro presidente y su sentido histórico. Veremos si encontramos un verdadero estadista, uno que haga esa nueva transición.

Revisa la columna La Tercera