Solidaridad: la lucha por los conceptos

Pablo Valderrama, 3/01/2018

Luego de la primera vuelta electoral, Fernando Atria, coautor de El otro modelo e ideólogo de las principales reformas del gobierno de Michelle Bachelet, afirmaba que, sumando a las “fuerzas progresistas”, la gran derrota fue para las ideas de la derecha, y que, en consecuencia, los hechos confirmaban que la mayoría de los chilenos quería “otro modelo”.

Pero el triunfo de Sebastián Piñera mostró lo contrario. Una contundente y maciza derrota electoral ―en palabras del propio Alejandro Guillier― de las llamadas “fuerzas progresistas”, pareciera haber sepultado la fugaz alegría de quienes creían que bastaba con una alianza electoral para llegar a La Moneda. De ahí que la vocera de gobierno, Paula Narváez, señalara que los últimos resultados presidenciales serían más bien derrotas electorales y no políticas.

Más allá de estas críticas, es interesante rescatar ambas perspectivas de análisis que el futuro gobierno de Sebastián Piñera debería aprovechar, obligándolo a sobreponer la política a la gestión y a comenzar un proceso históricamente inusual para la centroderecha: la lucha por los conceptos.

Sin desconocer los más usuales ―libertad y progreso―, pues un sector importante de los votantes de Piñera esperan eso de él (mayor crecimiento económico y más espacios para el despliegue de la libertad y la meritocracia), se asoman dos nuevos conceptos para el “sector”: justicia social y solidaridad.

El primero nos recuerda los dolores y miserias de quienes no tienen lo mínimo para vivir, nos invita a tomar una opción preferencial por los pobres y marginados de la sociedad, por los más indefensos ―sean niños del Sename o ancianos maltratados en hogares―, y nos recuerda a figuras emblemáticas de la historia de Chile que son patrimonio de todos, como Alberto Hurtado. Así, sin temor, sin pudor ni actitud de inferioridad frente a la izquierda, articular la idea de “los niños primero en la fila” o “el fin de los campamentos” a través de este concepto, ofrece a la centroderecha la oportunidad de evolucionar verdaderamente, sin necesidad de abrirse a ideas que no han estado antes en su ADN, especialmente los mal llamados temas valóricos. En consecuencia, hablar de justicia social le permitirá volver a esas raíces conservadores de profunda preocupación por la cuestión social.

Por otra parte está la solidaridad. Tradicionalmente, la izquierda ha entendido que aquella responde más bien a una expansión de la esfera de acción del Estado en la sociedad; sin embargo, la solidaridad –que tiene orígenes tanto en el pensamiento socialcristiano, como también en las ciencias sociales (Durkheim, Le Play, etc.)– nos propone una aproximación distinta: empoderamiento de la sociedad civil, de los espacios comunitarios, de las juntas de vecinos, de los clubes de adulto mayor, etc. Es decir, nos recuerda la necesidad de fortalecer todo aquello que enfatiza la idea de que antes de ser ciudadanos, somos personas con profundos vínculos comunitarios. ¿Por qué sentirme igual a los demás si nada concreto nos une? ¿Por qué respetar a la sociedad y trabajar por el bien común, si no hay un “algo” que nos haga participar de eso que llamamos común?

Así, con estos dos conceptos a la vista, una oportunidad y una prevención van de la mano: si la derecha le regala a la izquierda la solidaridad y la justicia social, simplemente renuncia a ganar la hegemonía política y a hacer sentir como parte de una misma comunidad a todas las personas; sin el discurso de la cohesión que ofrece la solidaridad, no habrá un relato político con sustancia que invite a soñar. Aprender de los errores del pasado y articular un discurso político sustantivo es una necesidad imperiosa.

Quienes crean que Atria se tropieza en su cambio de modelo, pues los chilenos sólo esperarían mayor crecimiento económico, probablemente aún no han comprendido la complejidad del momento. La unidad de la centroderecha tiene una oportunidad histórica, no sólo para hacer crecer al país, sino para canalizar ideológicamente el supuesto malestar social hacia nuevas perspectivas comunitarias. En palabras de Mauricio Rojas: “Renunciar a un concepto como este ―la solidaridad―, con su contenido de corresponsabilidad ineludible, equivale, en la práctica, a renunciar a la política como tal, ya que ésta, en su esencia, no es más que la organización de esa solidaridad que nos debemos para hacer posible la vida en sociedad”.

¡Qué distinto sería oír a políticos, empresarios y centros de estudios de centroderecha ampliando el diccionario desde la libertad y el progreso hacia la solidaridad y la justicia social! Promoviendo mayores vínculos con el destino de los demás, haciendo primar un espíritu de colaboración por sobre un espíritu de competencia. Con este discurso, la derecha tendrá nuevas herramientas para responder una pregunta que ha eludido por muchos años: ¿para qué vivimos en sociedad?

Lee la columna original en El Líbero

By |2018-08-28T15:17:32+00:003 Enero, 2018|IP en los Medios|0 Comments