Ni ahí con el Papa

5/01/2017- Antonio Correa

La venida del Papa Francisco a Chile ha llamado la atención por algunos motivos más terrenales que espirituales, tales como el posible feriado y los costos económicos que involucra. A pesar de que dichas discusiones siempre rozan o llevan envueltos temas más profundos –como el carácter laico del Estado–, centrar nuestra mirada solo en ellos significa olvidarnos de lo esencial.

Razones por las que a un fiel católico le debería importar la visita de quien es la piedra sobre la que se funda su Iglesia, sobran. Sería curioso que un fiel se abstraiga cuando se recuerda que el papado de Francisco se ha planteado a sí mismo como uno que buscar revitalizar esta milenaria institución y ha dado señales claras en dicho sentido.

Pero, ¿por qué esta visita podría interesar a un no-católico? La tentación es mirar a Francisco como un representante de un mundo del pasado, uno que, ya en su ocaso, no tiene mucho que decirnos. Si sumamos a esto que a muchos les parece violento que existan expresiones públicas de lo religioso, podríamos incluso pasar del desinterés al franco rechazo.

Más allá de los argumentos pragmáticos –aducir la cantidad de católicos que aún existen en Chile y el mundo–, la visita pastoral del obispo de Roma a nuestro país podría resultar muy interesante incluso para el más laicista. En primer lugar, no hay nadie tan ciego como para no ver la importancia que tuvo la Iglesia Católica en la construcción de nuestra civilización occidental y, en particular, en nuestro país, tanto en los primeros tiempos de nuestra República. Si es verdad que estamos viviendo un “cambio de época”, es fundamental comprender lo que somos y lo que fuimos para buscar digerir y dirigir nuestro momento.

En la actualidad, se ha dejado atrás esa posición que propugna abordar el debate público abandonando nuestras posiciones éticas, de hecho, las mayores discusiones públicas que hoy enfrentamos se refieren explícitamente a aquellos que consideramos como bueno o malo, justo o injusto. La visita de Francisco es una oportunidad para intentar comprender cómo perciben estas categorías un grupo no menor de “participantes del debate público” y, además, observar cómo buscan concretarlas al mundo de hoy.

Lo que más llama la atención es una especie de molestia –incluso rabia– que a algunos les provoca el fenómeno religioso en nuestro país. Más que una simple indiferencia hacia una “creencia que no comparto”, parece trasuntar en todo esto un desprecio hacia lo espiritual. La presencia de quien nos recuerda que la humanidad está llamada a valores más altos nos incomoda en medio de sociedades que desechan cada vez más aquello que no se puede contar ni comprar: somos lo que se ve, no nuestra interioridad. Y Francisco encarna justamente lo contrario. Pone el acento, por ejemplo, en la superación de la pobreza en cuanto dificulta la apertura a la trascendencia. Buscando la riqueza espiritual, se busca superar la pobreza material. En una sociedad con nulo cultivo de la interioridad, de la espiritualidad, la presencia del Papa es molesta para algunos, pero nos remueve para ver nuestras propias insuficiencias y nos da esperanza mostrándonos lo que podemos alcanzar. Ahí ya hay motivo suficiente para no permanecer indiferentes.

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By |2018-08-28T15:17:24+00:005 Enero, 2018|IP en los Medios|0 Comments