El Papa y el progreso

Luis Robert, 15/02/17

Ad portas de la visita del Papa Francisco a nuestro país, su figura no está lejos de la controversia. No faltan quienes, al alero del “progreso”, han asumido una lectura demasiado estrecha de su pensamiento. Según ellos, sería trágico que el Papa, en su visita a Chile, plantee un discurso favorable a los migrantes, o que reafirme sus críticas a la racionalidad económica que propicia estilos y estructuras de vida consumistas e individualistas.

Para Axel Kaiser, en su último libro, titulado El Papa y el capitalismo, Francisco sería nada más ni nada menos que un “peronista”. Tal como ocurre con su afición por el fútbol, el pontífice estaría inevitablemente condicionado por el colectivismo político que caracteriza al país allende los Andes.

No es primera vez que Kaiser y los libertarios chilenos se angustian porque les parece que un Papa pone en entredicho sus vagas conciliaciones entre el cristianismo y el capitalismo (en IdeaPaís tuvimos la oportunidad de comentarlo en una recensión al libro de Alejandro Chafuén, Raíces cristianas de la economía delibre mercado). Pero, más allá de las elucubraciones teóricas, el mensaje de fondo del Papa se centra en un aspecto más profundo: en que los chilenos apostemos por un “estilo de vida” diferente, que no tenga como motivación el paradigma tecnoeconómico (Laudato si, n. 203 y ss).

Por ello, al Papa, en tanto conocedor de la cultura latinoamericana y, en particular, de Chile, no le será indiferente nuestra realidad, incluso la más concreta. Ni la fragmentación de la familia y la disociación de ésta con el matrimonio, ni el debate sobre la ley de identidad de género, ni tampoco el endeudamiento de los chilenos. Todo ello implica una visión del progreso y del desarrollo, que riñe con el ideal de la autonomía individual que Kaiser y su séquito han buscado divulgar en nuestro país, aquella cualidad, muy discutible y lejos de ser neutral, que los sujetos tendrían para estar sometidos sólo a leyes que ellos mismos se dan.

Un paradigma abiertamente contradictorio con la doctrina social de la Iglesia y sólo centrado en su faz económica.

Con todo, lo que el mundo libertario no parece comprender es que se trata de un asunto que va más allá de la figura de Francisco: el cristianismo es una religión revelada, hecho que implica claras consecuencias en la concretización de un orden social más justo. Es cierto que algunos pontífices han realizado valoraciones diferentes sobre el orden económico dependiendo de las circunstancias históricas, pero, desde una lectura sistémica del Magisterio, ninguna de estas posiciones puede ser contradictoria. El inusitado interés de los libertarios chilenos por estas temáticas debería comenzar por una adecuada ―y honesta― interpretación del Magisterio de la Iglesia. La hermenéutica de la continuidad, como señaló Benedicto XVI, es clave para no caer en visiones rupturistas.

De lo contrario, perfectamente podríamos concluir que la angustia y el cálculo de los libertarios por publicar un libro sobre el Papa, justo en momentos que visita Chile, tiene otras motivaciones.

¿Tendremos la capacidad para discernir, en tanto comunidad, el fondo de estas palabras y no quedarnos en estrecheces ideológicas?

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