Francisco tras las rejas

Antonio Correa, 23-01-17

¿Fueron solo tres días los que Francisco estuvo en Chile? Son tantos los gestos, símbolos y mensajes, cargados de profundo significado, que nuestras jornadas regadas de comunicación –tan inmediata como superficial–  se vieron removidas y aletargadas. Y, así como no se pueden reducir tantas luces a una gran frase, tampoco hay que dejar de buscar esas luminosidades más allá del Papa mismo.

Significativo fue el momento que se vivió en la cárcel de mujeres: un encuentro cristiano genuino. El simbolismo involucrado en que la máxima autoridad de la Iglesia Católica, despojada de importancia y con profunda humildad, visitara una periferia de nuestra sociedad, fue reforzado por el mensaje claro de las mismas internas y su capellán. Primero, Jeannette Zurita nos emocionó con sus palabras y petición de perdón, no sólo a Dios, sino que también a nosotros como sociedad; luego, Nelly León remeció nuestra comodidad recordándonos que en Chile se encarcela la pobreza; y, finalmente, cantaron un himno penetrante.

Lo habían compuesto preparando ese momento y el resultado quedó cargado de mucho de lo esencial del catolicismo. “Soy un ave atrapada, con un dolor escondido; con mis alas quebradas, te recibo Papa amigo”, cantan sus primeras estrofas, mostrando la humildad de quien reconoce su falta y se presenta tal como es. Sin dobleces ni escondiéndose tras alguna excusa para morigerar la culpa, se expone a otro y no sólo a sí mismo. “Una luz comienza a brillar, hoy renace la esperanza; vuelvo a sentirme amada, de ataduras liberada”, es decir, Cristo enciende la esperanza, devuelve la dignidad y libera. “Hoy en mí vuelvo a confiar, desaparece la tristeza” –perdonados, nos perdonamos–; “reconoces mi mirar, tu tomaste mi pecado” –se lleva nuestra peor carga–.

Pero sus palabras nos chocan ¿no están esas mujeres privadas de todo lo fundamental y, sin embargo, les “desaparece la tristeza” e incluso son “de ataduras liberada(s)”? ¿Cómo? ¿Qué libertad podrían tener si están precisamente encerradas? ¿Qué fuerza interior las puede mover a la paz en el desaliento de la reclusión?

Reducir la libertad a lo externo se ha vuelto casi una costumbre en nuestra sociedad. Nos vemos inclinados a creer que somos libres si nos movemos, si compramos o si alcanzamos nuestras metas en la vida. Tendemos a reducir la vida a lo físico, al consumo y al exitismo. Esas internas nos recuerdan que la libertad fundamental es aquella que otorga verdadera paz, esa que es interior. El verdadero reino no se compone por tierras y castillos, sino que por la paz del alma ordenada incluso tras las rejas.

La violencia verbal –incluso física–, que abunda en nuestro espacio público, es otra capa externa que pensamos que nos hace libres –protege nuestro metro cuadrado–, pero es simple obstáculo que nos esconde y priva del encuentro (con otros y con nosotros mismos). Ni esa violencia que se desató especialmente en las últimas elecciones –marcadas por el desprecio y los esfuerzos por humillar al adversario o al político–, ni el sarcasmo desacreditador con que muchos miraron esta visita, fueron obstáculo para que en la cárcel –periferia material y existencial– se produjera un verdadero encuentro humano. Esas internas y Francisco, no sólo demostraron que “se puede”, sino que también nos apuntaron el cómo: humildad.

Revisa la columna original en La Tercera