Liberals

30 de julio – Andrés Berg – Columna de Opinión

Ser liberal por estos días es un must. Para la derecha, autocomprenderse como tal, significa romper con las ataduras morales del pasado. Si en los noventa la llevaba en el sector definirse como “conservador en lo moral y liberal en lo económico”, hoy en día eso es una imperdonable contradicción. El liberalismo contemporáneo es sin peros. Ser liberal o tribal. To be, or not to be. Y es que casi sin darnos cuenta, el liberalismo caló profundo en nuestra sociedad, especialmente en las nuevas generaciones.

Hasta hace pocos años, los idealismos de la juventud convergían primordialmente en causas sociales. Esto se plasmaba en un importante despliegue universitario con proyectos de acción social de toda índole. La simpatía por ideas no liberales predominaban en el ambiente universitario: la vida en comunidad, la solidaridad y la justicia social eran parte de un repertorio común. La emancipación social transversal -a izquierdas y derechas- era, sin duda alguna, la superación de la pobreza -aunque los medios para ello estuvieran en disputa-.

Los tiempos, sin embargo, cambiaron. La hegemonía liberal desordenó las piezas del tablero político. Son los tiempos de las minorías. La superación de la pobreza, en efecto, ahora es una causa de nicho -bastante silenciada, por lo demás-. La sociedad fue reemplazada por el individuo y lo común, por lo universal. La concepción de la persona dotada sólo de derechos, desprovisto de casi toda realidad antropológica, hizo de la emancipación social una causa publicitaria de superación de realidades abstractas. La sexualidad, la religión, la cultura, la familia, nuestra historia, ya no son causa de interés político; se comprenden ahora, por el contrario, como parte de una esfera privada que poco y nada tiene que ver con la sociedad. A la persona humana se la entiende por estos días como sujetos aislados buscando cada uno ampliar los límites de su propia soberanía individual.

Patrick Deneen, en su libro “Why Liberalism Failed”, trata agudamente este fenómeno. Para el académico de la Universidad de Notre Dame, el liberalismo, entendido como la ideología política que concibe al ser humano como individuos que persiguen cada uno su propia versión de la vida buena, fracasó toda vez que se sustenta en una serie de contradicciones que patológicamente deformaron sus propias motivaciones, ahora presentadas como realizaciones de la libertad. El libro interesa no sólo por la agudeza de su diagnóstico y la radicalidad de sus argumentos, sino porque las enfermedades que observa en el liberalismo ayudan a comprender nuestro escenario político y cómo la ideología liberal ha desfigurado la agenda social.

Desde hace algunos años que en Chile se viene comprendiendo la acción política como una religiosa herramienta de realización liberal. En un país donde las minorías se tomaron la agenda pública, patrocinadas por movimientos cosmopolitas pretendidamente sociales, los ejes tradicionales de izquierda y derecha quedaron inmersos en una discusión política más ficticia que real. Los promotores de la ideología liberal, al mismo tiempo que manifiestan su devoción por la diversidad, apuntan, con inquisidora cualidad, a todo aquel que no asume sus premisas “liberales”. Esta es la principal esquizofrenia intelectual a la que recurre Vargas Llosa en su libro “La llamada de la tribu”, bastante popular en los círculos liberales de derecha, acusando a todo aquel que no abraza su ideología de ser primitivos seres cavernarios. Y la izquierda progresista, por supuesto, cae en la misma censura. En su versión del liberalismo, el problema lo tienen los chilenos y su cultura. No hay pudor alguno en reclamar por un “cambio cultural”, que no es otra cosa que homogeneizar a la sociedad, por medio de la ley, para que piensen como ellos que, situados en el lado correcto de la historia, son los únicos capaces de predecir el devenir del progreso. Y es que el liberalismo, en tanto ideología, tiene la misma pretensión que la que veía Raymond Aron en el marxismo: la de ser ciencia futura.

La libertad no es patrimonio único del liberalismo. Tal aspiración conlleva inevitablemente a los vicios que Deneen ahonda con profundidad en su reciente libro. Y es que no se puede intentar comprender el mundo, su infinita particularidad, caos y complejidad, bajo un único precepto. Un genuino liberalismo, a mi entender, debe también valorar, aceptar e incorporar a su entendimiento y lenguaje, las libertades que dan sustento a la sociedad civil, la familia, la religión y la cultura.

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By |2018-08-28T15:03:09+00:0030 Julio, 2018|IP en los Medios|0 Comments