Cooperativismo y la derecha

8 de agosto – Andrés Berg- Columna

El cooperativismo históricamente ha sido una bandera de la izquierda. Desde sus inicios, las cooperativas han sido una alternativa solidaria para trabajadores y consumidores en un mercado con sueldos bajos, precios inalcanzables, malas condiciones laborales, entre otros problemas. En los años 60, al mismo tiempo que se desarrollaba en la academia la teoría microeconómica cooperativa, la izquierda en Chile veía en esta idea una salida alternativa al capitalismo, como parte de una tercera vía. Este sueño rápidamente se estrelló con la realidad. Muchas de las cooperativas y mutuales surgidas en esos años quebraron al poco andar, perdiendo muchos trabajadores su capital de trabajo y ahorros de toda una vida.

Con este relato es que la derecha, sumado al auge de la economía de libre mercado, ve con escepticismo la asociación cooperativa: la considera tan idealista como fracasada. Sin embargo, esta visión se ha dejado llevar por los prejuicios que han terminado nublando su apreciación sobre la evidencia disponible. A pesar de los fracasos, muchas de las cooperativas siguen operando. Según datos del Ministerio de Economía existen actualmente más de 900 cooperativas vigentes compitiendo en el mercado, siendo cerca del 10% de ellas de importancia económica. Y una de cada cuatro de estas empresas fueron creadas en la década de los 60.

Existe sobrada evidencia empírica en otros países que da cuenta de una mayor eficiencia y productividad organizaciones cooperativas, en comparación con otras tradicionales, relacionada con una mayor participación de los trabajadores en la toma de decisiones. Además, hay evidencia que vincula la existencia de este tipo de organizaciones con altos niveles de capital social, confianza en comunidades y buen ambiente laboral. Así, las cooperativas son una oportunidad de desarrollo industrial en localidades donde, producto de bajas economías de escala, son incapaces de competir en el mercado por sí solas. Por estas razones, las cooperativas no sólo crean trabajo y riqueza, sino también fomentan la solidaridad y desarrollo social en comunidades locales.

En este contexto, me parece muy positivo que el Ministro de Agricultura, Antonio Walker, esté viendo al cooperativismo como una oportunidad para el sector. En efecto, desde IdeaPaís hemos incorporado al cooperativismo en nuestra agenda de investigación, entendiendo que la riqueza de una economía no se vale sólo por su capacidad de crecer, sino también por su diversidad institucional y las externalidades positivas que produce en la sociedad. Por lo pronto, los desafíos no son menores: debemos desarrollar en Chile mejor evidencia al respecto, conocer las razones que han permitido la pervivencia y fracaso de estas organizaciones, como los efectos sociales que producen en sus respectivas comunidades.

Columna original en La Segunda