Museo, memoria e historia

20 de agosto – Andrés Berg – Columna

Hace unos 15 años que leí el cuento de Borges “Funes el memorioso”. Desde entonces que cada 11 de septiembre lo recuerdo y en ocasiones lo vuelvo a leer. Este año, su lectura se me adelantó un mes. Todo el escándalo político que provocó la designación de Mauricio Rojas como ministro de las Culturas, en circunstancias en que hace dos años había criticado al Museo de la Memoria de ser un montaje mentiroso, Funes vino a mi cabeza con mayor intensidad.

El cuento de Borges relata la agonía de un joven con hipermnesia. Lo recuerda todo. Si bien esto podría pensarse como una virtud en extremo, algo así como un súper poder al mejor estilo del drogadicto representado por Bradley Cooper en la película Limitless, la vida de Funes era un permanente insomnio. Recordaba cada detalle de su vida, sus alegrías y agonías todo como si lo hubiese vivido durante ese mismo día. “Más recuerdos tengo yo que los que habrá tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. El caso de Funes, entre varias cosas, me hace comprender lo valioso que resultan nuestras propias limitaciones. En el vértigo de la vida productiva y el éxito social, no nos damos cuenta de cómo el propio olvido actúa en nuestras vidas. Es una suerte de colador que depura nuestros pensamientos, experiencias, lugares y emociones; trabaja con una sutileza tal, que los fracasos y conquistas de nuestra vida se tornan la fuente primaria de nuestra educación; apacigua el rencor y también nos permite avanzar sin dormir en los laureles de nuestras alegrías.

Este proceso de recuerdo y olvido, trabaja en el hombre como la historia lo hace en la sociedad. La narrativa histórica de nuestro pasado nos permite recordar guerras, revoluciones, atentados en contra la vida humana y todas aquellas disputas sociales con una sabiduría suficiente para aprender de los errores, sin perpetuar el rencor y sufrimiento. La función de la historia, más que distinguir entre el bien y el mal, es la de relatar hechos pasados que se entrelazan entre sí para explicar lo que en nuestro contexto actual parece inexplicable. La perspectiva histórica nos permite aceptar que lo inaceptable es parte de nuestro pasado, que tuvo causas y consecuencias, y que de algún modo nuestra realidad actual está dibujada por ese pasado.

En vista de lo anterior, no queda otra que reprochar la idea de que el Museo de la Memoria sea un montaje mentiroso. Por el contrario, parece demasiado real. Las circunstancias, sin embargo, no excusan al museo de la crítica. Su función moralizante no es suficiente, si lo que se pretende es que violaciones a los derechos humanos y el terrorismo de Estado no vuelvan a ocurrir en nuestro país. La pretensión ahistórica del Museo ―que por cierto es bastante cuestionable― está basada en una aparente virtud: la de insistir en traer el pasado al presente de forma tal que, además del dolor, se cuela también el rencor. La historia ―y sus vilipendiados contextos― tiene un rol de suma importancia no sólo en las ciencias sociales, sino también en los procesos políticos y culturales, que no significan, en lo absoluto, la negación o justificación de crímenes y violaciones a los derechos humanos.

La principal crítica que se le puede hacer al Museo de la Memoria es que ha sido prácticamente inútil para la añorada unidad del país de la que hiciera gala Michelle Bachelet en su inauguración en enero de 2010. En efecto, el verdadero montaje político en Chile ha sido la supuesta reconciliación nacional. A casi 30 años de recuperada la democracia, nos sigue dividiendo el dolor y el rencor. Y un museo sin historia, difícilmente curará estas heridas.

By |2018-09-07T10:51:18+00:0020 Agosto, 2018|IP en los Medios|0 Comments