Paradoja Liberal

7 de septiembre – Andrés Berg – Columna

La gran promesa del proyecto político del liberalismo es la meritocracia. En el mérito, veía J. S. Mill, se encuentra el principio “más elevado de la justicia social y distributiva. Hacia este principio, sigue el filósofo británico, se debe procurar la convergencia de “todas las instituciones y esfuerzos de los ciudadanos virtuosos. En esta genuina idea del mérito, los diversos proyectos liberales del siglo XX fundaron en Occidente su relato político, como también muchas de sus instituciones políticas y económicas. El gobierno de Margaret Thatcher fue probablemente quien mejor expresó el proyecto liberal.

Con todo, en la medida que las sociedades liberales se desarrollaron, el mérito devino en una idea cada vez más espuria. Y la razón principal de esta degradación es, en mi opinión, que el programa liberal promete realidades que son difíciles, sino imposibles, de sortear. Un buen ejemplo de esto es la promesa de la igualdad. En el orden meritocrático, la equidad no se manifiesta sobre los resultados, sino en las oportunidades. Y el problema redunda en que la igualdad de oportunidades no es otra cosa que una equitativa distribución de facilidades y dificultades en el acceso a dichas oportunidades. Para que aquella distribución equitativa sea efectiva, sin embargo, se requiere una cierta ―no absoluta, por supuesto― igualdad en las condiciones económicas y sociales de los individuos. Es decir, se requiere una cierta igualdad de resultados. Así, la igualdad de oportunidades parece ser una promesa que descansa sobre una imposibilidad circular. En esta paradoja, por lo demás, se explica que izquierdas y derechas proclamen actualmente sus respectivos proyectos políticos en nombre del mismo liberalismo.

La expansión hasta ahora ilimitada de la estructura del Estado es, quizás, la consecuencia más evidente de la paradoja liberal. El desarrollo económico parece estar acompañado inexorablemente del crecimiento del Estado, manifestado no sólo en la expansión del mercado de empleos públicos disponible para su clientela política, sino también en las disposiciones que se atribuye en todo lo que considera como público. Ejemplos de esto van desde la objeción de conciencia institucional hasta la gratuidad universal en educación.

A raíz de esta evidente contradicción, los programas liberales han puesto las fichas en empatar este fenómeno con la promoción ilimitada de la autonomía individual en todas aquellas esferas que no interfieran con su clientela política. Así es como los autoproclamados liberales devinieron en promotores del derecho de hacer lo que a cada individuo le plazca, en la medida que no interfiera con el resto de sus votantes. Así, los programas políticos liberales convirtieron el fundamento primero de su ideología ―el mérito de la virtud―, en lo que el mismo J. S. Mill calificara como un “mero corolario lógico de principios secundarios o doctrinas derivadas”. Y es que el derecho de elegir de cada persona, en un genuino liberalismo como el del filósofo británico, se entiende bajo un precepto eminentemente moral. En otras palabras, se fundamenta en una concepción de la libertad y la autonomía individual bastante más amplia que el sólo imperativo de elegir: una cierta antropología de la que no podemos prescindir.

El catálogo sagrado de derechos que nos ofrecen hoy los diversos proyectos disponibles en la góndola de partidos liberales no son otra cosa que la falsificación de las genuinas ideas de sus fundadores. Una concepción más acabada de la persona humana, su dignidad y la administración de nuestras limitaciones son aquellos desafíos que se tienen en la actualidad para hacer del liberalismo un proyecto algo más posible.

By |2018-10-05T10:26:47+00:007 Septiembre, 2018|IP en los Medios|0 Comments