¡Somos libres!

4 de octubre – Pablo Valderrama – Columna

Hace pocos días tuve la oportunidad de ver un reportaje hecho por un canal de televisión sobre los 30 años del plebiscito de 1988. Como en la mayoría de estos programas, se mostraron testimonios enfrentados de los dos bandos. Y aunque probablemente pasó desapercibido para la mayoría de los televidentes acostumbrados al clima político de la época, me llamó la atención el grito desaforado de un ciudadano de a pie que, frente a la cámara, luego de conocerse el cómputo final, expresó: “¡Somos libres! ¡Al fin somos libres!” Lo acompañaba una algarabía que pocas veces se ve en política. Una especie de voz interior que parecía encerrada durante muchos años y que por fin podía salir a la luz a gritar desde las entrañas.

La transición, con todas sus virtudes, tuvo el (d)efecto de adormecer lentamente estos “gritos de la política”.

Me quedé pensando una y otra vez en una explicación para ese vítor, tratando de entender de qué manera la política es capaz de generar tantas emociones. Días después renuncié al intento, pues nunca tendré la experiencia ni el contexto político necesario para comprender lo que realmente estaba en juego en dichas circunstancias. De alguna manera, somos hijos de la ejemplar transición; una que, con todas sus virtudes, tuvo el (d)efecto de adormecer lentamente estos “gritos de la política”. La transición, caracterizada por los acuerdos y las concesiones, fue de gran estabilidad, pero nos hizo pensar que poco se jugaba en la política y que cualquier emoción del tipo “¡somos libres!” quedaba, en algún sentido, fuera de lugar.

Con todo, esta resignación no significa que aquellos que no participamos en el debate debamos mantenernos ajenos a los ecos que resuenan en nuestra democracia. Por el contrario, de este plebiscito emanan aristas que afectan directamente al Chile actual. Por lo pronto, aquellas que se refieren a la fragilidad de la democracia y a la inconsciencia de lo que Philipp Blom señalara con lucidez: “La democracia y los derechos del hombre no son la norma ni la consecuencia lógica del progreso. Son una joven y rara excepción histórica, quizá solo un mero episodio”. Dicho de otra forma, fácilmente olvidamos que la democracia es fruto del trabajo de muchos –vencedores y vencidos en el 88– y que su conquista no es obvia, tampoco imbatible ni perpetua, sino un paréntesis en la historia de la humanidad.

Los síntomas de la afirmación del historiador alemán, parecieran estar apareciendo en nuestra sociedad. Por lo mismo, la tarea de las nuevas generaciones consiste más bien en buscar los elementos que permiten que la democracia que hemos heredado permanezca sana de sus enemigos y perdure en el tiempo. El desafío es arduo, puesto que cada vez son más las voces que la cuestionan, en diversas partes del mundo, como reacción a un fenómeno nuevo, que goza de cierta reputación y que vale la pena explicar.

 A 30 años del plebiscito, las nuevas generaciones debiésemos sacar lecciones relevantes sobre los procesos que están ocurriendo en el mundo y que, en poco tiempo, serán importados a nuestra política.

En las sociedades que abrazan sin matices la idea de la libertad bajo el liberalismo progresista, entendiendo aquella como la liberación absoluta de agentes externos que puedan coaccionar las decisiones de los individuos, la interacción social empieza a ser vista como una limitación a la soberanía de los individuos. Como consecuencia de ello, este proceso de individuación –del cual nuestro país no está exento– comienza a generar voces que invocan la política perdida, ya sea al concepto de nación, los vínculos comunitarios, al arraigo a la tierra, etc. Conceptos muchas veces recogidos por movimientos o partidos políticos que, como reacciones a la elite preocupada por sus propios asuntos, van acompañados de mensajes de odio e intolerancia, horadando lentamente la convivencia y el respeto, bases elementales de la democracia. Piénsese en Alemania, Suecia u otros países en que surgen, desde las profundidades de lo social, voces que son expresión de esta realidad ―casi siempre en tono peyorativo―, tildadas de “ultraderecha”, “racistas” o “nacionalistas”.

Con lo anterior a la vista, a 30 años del plebiscito, las nuevas generaciones debiésemos sacar lecciones relevantes sobre los procesos que están ocurriendo en el mundo y que, en poco tiempo, serán importados a nuestra política. De hecho, ya han aparecido algunos que comienzan a reivindicar, en clave agresiva y contestataria, algunos de los elementos mencionados. Con todo, la clave será, por una parte, adquirir las herramientas necesarias para evitar el odio de estos movimientos y, por otra, anticiparnos y disminuir la distancia que hoy existe entre quienes lideran el país y las preocupaciones de ese pueblo que nuevamente espera gritar por la libertad.

By |2018-10-05T10:24:40+00:005 Octubre, 2018|IP en los Medios|0 Comments