Iván Suric en El Líbero: Violencia contra la mujer, ¿Dónde están las prioridades?

29 de noviembre – Iván Suric – Columna

El domingo pasado se celebró el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, fecha que toma especial relevancia en un año marcado por las manifestaciones feministas iniciadas en Estados Unidos con el movimiento #MeToo, y que logró, dentro de otras cosas, destapar varios casos de acoso y abuso sexual en el mundo político y del cine. De esta manera, las movilizaciones lograron sensibilizar y abrir los ojos a muchos que habíamos normalizado y descansado en la tranquilidad del status quo.

En esa línea, la Tercera Encuesta Nacional de Violencia Intrafamiliar contra la Mujer y Delitos Sexuales 2017 del Ministerio del Interior y Seguridad Pública muestra que el 38% de las mujeres del país entre 15 y 65 años declara haber sufrido algún tipo de violencia en algún momento de su vida. Por otra parte, el 36% de ellas sufrió violencia psicológica, el 16% violencia física y el 7% violencia sexual. Si además de esto consideramos los resultados de la encuesta Cadem del 4 de mayo de este año, vemos que el 92% de las mujeres vive situaciones de acoso frecuentemente. Es más, el 48% de ellas dice que la “han rozado de manera intencional partes íntimas del cuerpo”. Sin contar el caso de las brechas laborales que, según una encuesta realizada por el Centro de Estudios Públicos (CEP) en octubre de este año, las diferencias salariales entre hombres y mujeres se mantienen en un 20%.

Situaciones como las anteriores, que en el pasado pasaban desapercibidas y que igualmente generaban miedo, inseguridad y otras consecuencias sicológicas, no contaban con la importancia y, sobre todo, la credibilidad ciudadana que tienen hoy en día, razón por la cual la denuncia no parecía un camino viable. Dicho de otra manera, la preocupación general por esta temática ha permitido visibilizar inequidades que antiguamente eran un secreto a voces, pero que hoy día se trabajan activa y de manera urgente por superar.
Sin embargo, esta causa justa tiende en la práctica de los grupos de presión, fácilmente a pasar el límite de la consigna. Así, el abuso y la violencia hacia la mujer se ve empañado por distintas demandas que se alejan de la realidad nacional, y más bien pertenecen a una autodenominada élite progresista que buscar instalar agendas propias, a partir de un movimiento transversal que ni tiene dueño ni una ideología particular. Por ejemplo, la demanda por aborto libre, justificado en el curioso argumento de que, dado que son ellas quienes se embarazan, son las mujeres quienes deben “decidir” −como si el niño que está por nacer fuera parte de ella, o una cosa cualquiera−; o el caso de diversas teorías de género que tienen apariencia de justicia, pero que, en realidad, no se hacen cargo de la violencia hacia la mujer y la discriminación de género; u otras consignas aún más descabelladas, como el hecho de que una “educación no sexista” implica necesariamente que la bibliografía educativa debe contener igual número de autores hombres como mujeres; o el hecho de que se deba obligar a que los colegios sean mixtos, olvidando la libertad de elección, o la libertad de enseñanza de los propios establecimientos educativos para organizarse en base a un ideario particular.

Todas estas demandas “individualistas” nublan el problema real a solucionar, lo que impide generar políticas públicas para solucionar el punto principal, además de hacer más difícil la llegada a acuerdos políticos que permitan legislar sobre esto. Así, las llamadas “luchas progresistas” hacen que un tema tan importante y que tiene un apoyo transversal, no pueda avanzar a paso firme, haciendo difícil el consenso y, en definitiva, dejando de lado lo que significa hacer política.

La lucha cultural contra el abuso y la violencia contra la mujer tiene una adhesión en todos los colores políticos y estratos sociales. Si no ha logrado avanzar con el éxito debido es por consignas maximalistas de una élite que no reconoce la importancia del bien común, buscando imponerse a toda costa, sumando detractores al movimiento que debiera ser de todos. Hacer política significa priorizar y mediar entre la ciudadanía y la institucionalidad que permite arribar a soluciones. Es lamentable, pero esto nos lleva a damos cuenta que el foco de las demandas progresistas no está definitivamente con la mayoría del país.

By |2018-12-03T09:52:45+00:0029 Noviembre, 2018|Noticias|0 Comments