“Espejismos centristas”

28 de junio – 2019 – IP en los Medios

Nuestro investigador, Luis Robert, profundiza en esta columna publicada en La Tercera PM sobre el centro político de nuestro país. En ella dirá que “en Chile, el “centro político” ha sido un espacio ambiguo y hasta dañino para la política de los consensos. Como es sabido, durante el siglo XX este fue representado tanto por el Partido Radical ―centro pragmático― y por la Democracia Cristiana ―centro ideológico―”.

Algunos ilusos creen que el centro político está de vuelta. Después de la forzosa relegación al olvido durante el breve cuatrienio de desorden de la Nueva Mayoría y el interregno de Piñera, debe regresar ―dicen― el tiempo de los consensos y de la amistad cívica. Curiosamente, parte importante de la derecha ―quienes fueron grandes opositores del concepto de centro, quienes trataban de “amarillos” a aquellos que se definían así, o que no eran ni “chicha ni limoná”― ha tomado el poncho y ha hecho suyo este legado ajeno sin ningún empacho. Desde el carruaje bacheletista-aliancista de Lavín hasta el liberalismo buena onda de Evópoli, presumen el centro a punta de guiños de todo tipo al progresismo-liberal-igualitario de izquierda, y todo lo que eso signifique.

¿Acaso se dieron cuenta de que estaban equivocados y captaron que el centro político es la expresión de la virtud política? La verdad descubierta sería la que sigue: en una democracia como la chilena, con un sistema electoral que tiende a romper con los bloques binominales que se han construido desde 1990, la necesidad de un espacio de acuerdos y de posiciones flexibles, parece más que evidente. Entre el Frente Amplio y el movimiento de J. A. Kast, es claro que se necesitan equilibrios, sobre todo si estos apuntan a generar mayor tolerancia y autonomía. Además, exista o no ese centro, nuestros políticos tienden a comportarse como si existiera ―por ahí entremedio citan a Aristóteles y el “justo medio” virtuoso― y, llegado el momento de optar por reformas importantes para el país, o de reparar excesos cometidos por algún jacobino, tanto las izquierdas como las derechas recurren a las personalidades de “centro”.

Lo anterior parece sensato, pero se esconde una severa falacia.

En Chile, el “centro político” ha sido un espacio ambiguo y hasta dañino para la política de los consensos. Como es sabido, durante el siglo XX este fue representado tanto por el Partido Radical ―centro pragmático― y por la Democracia Cristiana ―centro ideológico―. En ninguno de los dos casos se trató de un lugar celestial equidistante de los extremos. Antes bien, en el caso de la DC resulta muy clara una definición por un programa político preciso, con un envoltorio de moderación. No hubo entre los camaradas “equilibro”, sino un propósito de realizaciones y reformas políticas bien definidas: una “revolución en libertad” que era vaga en el papel, pero dura en la práctica, una tercera vía distinta del capitalismo y del socialismo, pero revolución, al fin y al cabo, que hizo bien en distintos aspectos, pero que dejó muchos heridos en el camino. Incluso personalidades reflexivas e intelectuales -como el presidente Eduardo Frei Montalva- decían en la época “ni por un millón de votos cambiaría una coma de mi programa”, o el mismo Patricio Aylwin, presidente de la DC en 1973 y figura del centro de la futura transición, no siempre tuvieron conductas de consenso durante el periodo. Fueron altamente definidos, tanto por sus personalidades como por sus ideologías políticas. Por otro lado, el centro de los ’90 se suele asociar a la máxima moderación estoica y al ideal de buena política, pero tampoco esta tesis es exactamente así, sobre todo si pensamos que las reglas del juego eran muy limitadas para el juego democrático.

El centro, por lo tanto, parece ser bastante más de carne y hueso.

Hoy las cosas han cambiado y el sistema proporcional tiende a generar una dispersión de fuerzas políticas, como lo hemos visto durante los últimos años. Los cientistas políticos, por lo mismo, quizá aciertan cuando sostienen que, en una democracia liberal, es necesario evitar las polarizaciones ―los “populismos”, ese saco roto donde cabe todo quien sea enemigo de lo políticamente correcto―, generando espacios de pivote o de consenso. Pero faltaríamos a la verdad histórica si creyésemos que el centro político es un espacio aséptico, neutro por naturaleza y que representa la tolerancia y la moderación política. Si creyésemos esta máxima de fe, la política sería una actividad demasiado maniquea para que solo unos cuantos autodeclarados de centro fuesen los dotados del timón de la prudencia.

En la actividad política, de suyo contingente y altamente flexible, es necesario generar ese equilibro. Un acercamiento entre distintas visiones de mundo que supone que todas las personas y grupos colaboren en la búsqueda del bien común es un imperativo para un político y para los partidos que aspiran colaborar en el gobierno de un país. Pero en ningún caso ese papel de moderación o neutralidad lo encarna Evópoli, el Lavín de los matinales, Progresismo con Progreso, los viudos de Velasco, ni el resto de la taquilla santiaguina de “centro”.

Esta columna se encuentra publicada en La Tercera PM.