Este 7 de abril, Chile conmemora el natalicio de Gabriela Mistral en un año especialmente simbólico: se cumplen 80 años desde que recibió el Premio Nobel de Literatura, el primero otorgado a un autor latinoamericano. Sin embargo, en lugar de celebrar su legado como educadora, poeta, pensadora y figura política, el Ministerio de la Mujer ha decidido centrar la conmemoración en su supuesto lesbianismo, reduciendo su legado a una etiqueta identitaria. Paradójicamente, quienes enarbolan el respeto por la vida privada hoy se sienten con el derecho de exponerla bajo su propio prisma.
Que Gabriela Mistral nunca hablara públicamente de su orientación sexual no es prueba ni de negación ni de afirmación. Simplemente, para ella y la Gabriela Mistral Foundation, lo importante está en su obra, en su pensamiento y en su acción pública. Pero en la era de la política identitaria, su vida privada parece más relevante que su rol como educadora, su defensa de lo mapuche, su condena al fascismo y al comunismo, su orgullo por la democracia chilena y su lucha por los más vulnerables. Nada de eso importa si se puede especular sobre su intimidad.
Las feministas radicales de los años sesenta denunciaron que la opresión de las mujeres no sólo provenía de la política o la economía, sino que su base era cultural. De ahí su crítica al patriarcado, que históricamente ha reducido a las mujeres a su cuerpo y emociones, minimizando su intelecto y acción en la esfera pública. ¿Qué dirían aquellas feministas al ver que ahora sus sucesoras hacen lo mismo con Gabriela Mistral? Hoy, quienes dicen reivindicar a Mistral la someten a la misma lógica, transformándola en ícono de una causa en la que nunca se enmarcó, trivializando su legado y su trascendencia.
Este afán de reinterpretar la historia bajo los códigos de la política identitaria responde a una lógica que fragmenta y etiqueta, en lugar de reconocer trayectorias en su complejidad. En este esquema, la Mistral no puede ser simplemente la poeta universal, la intelectual comprometida o la diplomática brillante: tiene que ser la lesbiana, la marginada, la víctima de un sistema que, irónicamente, la reconoció con el máximo galardón literario.
No sorprende que este sea el enfoque de un gobierno que ha hecho de la identidad su credo, sacrificando la profundidad en favor de la simplificación ideológica. En lugar de fortalecer el rol de las mujeres desde la educación y la cultura, prefiere dividir y banalizar. La paradoja es que, en su intento de homenajear a Mistral, la traicionan: la convierten en un objeto de morbo mediático, en una figura reducida a su intimidad, justo lo que ella rechazó en vida.
Si de verdad quisiéramos honrar su legado, hablaríamos de su poesía indoamericana, de su espiritualidad cristiana e indígena, de su inencasillable pensamiento político y su incansable trabajo como educadora. Recordaríamos su defensa de los campesinos, su postura antifascista y antiestalinista, su amor por los indios y su desprecio al racismo. Pero no. En este aniversario, lo importante es si amó o no a Doris Dana, si tuvo un hijo secreto o si sufrió represiones sexuales. Un espectáculo indigno de una de nuestras más grandes figuras.
Mistral no quería ser reducida a un estereotipo ni transformada en un chisme de matinal. Y, sin embargo, aquí estamos, con feministas de hojalata haciendo precisamente lo que ella rechazó.
Emilia García es directora de estudios de IdeaPaís. Columna publicada en El Líbero, el 02 de abril